Territorio de pesadumbre (Reseña)

Ignacio Illarregui

Territorio de pesadumbreEscrita por Rodolfo Martínez en uno de sus años “fecundos”, Territorio de pesadumbre es un claro fruto de estos tiempos en los que todo está inventado. Estamos ante una narración trillada, surgida de un cúmulo de ideas e influencias muy diversas, puestas todas al servicio de una historia que, si se lee con mente abierta, llega a funcionar.

Se inicia como un pastiche a mitad de camino de Dune, las historias apocalípticas más clásicas, ”El último castillo” de JackVance o la recreación de Krypton realizada por John Byrne en sus tebeos de Superman de mediados de los 80. Así seguimos el aprendizaje de un joven heredero de la mano de su padre y un duro instructor; se nos describe un entorno pseudomedieval enclavado en un mundo agonizante después de una violenta catástrofe ecológica; tenemos una sociedad estratificada donde no seguir las normas implica la muerte; existe una extraña amenaza externa que puede arrasar con todo; hay un nido de víboras deseando aprovechar cualquier tropiezo del protagonista para sacarle del cuadro; se hace un curioso y razonable uso de los clones;… Todo tópico pero bien cocinado, lo suficiente como para que el cliché resulte soportable.

Y de pronto pega un requiebro brutal, de esos que te rompe el manillar, la horquilla y el cuadro entero, para dejarte estupefacto, apuntando en una dirección de la que no se puede hablar mucho para no destrozar su impacto, pero que si se afronta con un mínimo de complicidad y aceptando el envite, siguiendo el camino que el autor recorre, funciona. Fundamentalmente porque aporta al cliché del que hablaba un ingrediente inesperado y, por qué no reconocerlo, valiente. Rodolfo Martínez demuestra que las convenciones de los géneros son sólo eso, convenciones, que están muy bien para saber qué vamos a leer, pero que se pueden (y se deben) forzar; siempre que el autor sea lo suficientemente hábil como para jugar con ellas, como es el caso. Ojo, durante el recorrido se produce algún chirrido y no todos los cabos están convenientemente atados. Pero la textura es luminosa y consistente.

Reproducido con permiso del autor
© 2004, Ignacio Illarregui

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Sobre El sueño del Rey Rojo

Rodolfo Martínez

Estamos en 1999. Me estoy preparando para una de mis ceremonias anuales: iniciar la redacción de una novela corta con destino al Premio UPC. Tengo algunas ideas en la cabeza, fruto de un intercambio de opiniones que por aquellos días estaba teniendo lugar en aefcf_cientec, la lista de correo que la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción mantiene para la discusión de los temas técnicos y científicos. Aquella conversación entre mis contertulios (en la que participé, sin embargo, como un mero espectador) hizo germinar en mi mente dos o tres ideas que parecían bastante prometedoras.

Inicié el trabajo y casi enseguida me di cuenta de que estaba creando, una vez más, una historia cyberpunk. A estas alturas ya debería estar más que resignado y, sin embargo, aún seguía mascullando juramentos entre dientes cada vez que el destino me gastaba la misma broma.

Hace bastante tiempo, a principios de los noventa, había manifestado que el cyberpunk como fórmula literaria estaba muerta y que, si bien había dejado su poso en la rama principal de la ciencia ficción, poco tenía ya que aportar. Afirmaba además que, ni como lector ni como escritor, me interesaba demasiado. Sin embargo, cuando estaba escribiendo La sonrisa del gato, que con el tiempo había de ser mi primera novela publicada, no tardé en comprobar, para mi pasmo, que estaba usando buena parte de los clichés e imágenes del cyberpunk. Cuando un año más tarde escribí «Un jinete solitario», traté de no ver que otra vez estaba usando elementos cyberpunks en la historia y, encima, haciendo que fueran elementos importantes de la trama, y no puro decorado. Cuando presenté al UPC mi novela corta «Este relámpago, esta locura» ya era inútil negarlo: el grueso de mi ciencia ficción desde 1994 se componía de literatura claramente cyberpunk.

Así pues, el destino parecía empeñado en hacerme tragar mis palabras y convertirme, a pesar de mí mismo, en el «autor español cyberpunk».

Pero volvamos a 1999: estoy escribiendo lo que más tarde se convertirá en El sueño del Rey Rojo pero que ahora mismo es, todavía, «El sueño del Rey Rojo»: no una novela, sino una novela corta con destino al UPC de ese año. La novela gira alrededor de tres personajes que se enfrentan a la trama de un cuarto para apoderarse del mundo (o algo parecido) mientras un quinto planea algo desconocido entre bastidores. Me llevó tres meses de trabajo y, al terminarla, estaba convencido de haber logrado uno de mis mejores textos. Lo corregí, lo imprimí y lo envié al premio UPC.

Y, como siempre ocurre, el jurado y yo no estuvimos de acuerdo. Esto, que puede parecer un mal chiste o un comentario arrogante, no lo es. De todas las veces que me he presentado al UPC, cuando más cerca he estado de ganar («Los celos de Dios» y «El alfabeto del carpintero» como finalistas y «Este relámpago, esta locura» como mención del jurado) ha sido con narraciones de las que no llego a estar del todo satisfecho y que no son lo mejor de mi producción en el terreno de la novela corta. Y, al contrario, las veces que he enviado al UPC mis mejores novelas cortas («Un agujero por donde se cuela la lluvia», «Un jinete solitario» y «El sueño del rey rojo») han pasado totalmente desapercibidas. Así, cuando mejor es una de mis novelas menos probabilidades tiene de llevarse el premio y cuando menos satisfactoria resulta para mí como trabajo literario, más se acerca al galardón.

Poco después, hablando con Julián Díez de «El sueño del Rey Rojo» le dije que, aunque en esos momentos era una novela corta (y bastante corta, apenas rozaba las sesenta páginas) llevaba un tiempo pensando en ampliarla y convertirla en una verdadera novela. Julián se mostró interesado. Se la envié, y, al cabo de un tiempo, me respondió con comentarios bastante elogiosos: me dijo que, sin duda, aún exigía mucho trabajo antes de poder considerarla terminada, pero que en teoría era un trabajo fácil; todo estaba en embrión en la versión corta y lo único que había que hacer era permitir que saliera a la luz. De hecho, Julián me comentó que aquella novelita, una vez alargada convenientemente, podía llegar a ser mi mejor trabajo de ciencia ficción en mucho tiempo. Me sugirió también que se la enviara a Alejo Cuervo, pues creía que el material podía interesarle.

Así lo hice. Y pude comprobar que Julián no se había equivocado. Alejo enseguida vio que de lo que le había enviado podía surgir una buena novela y me dijo que, si yo estaba dispuesto a trabajar en ella, él estaría dispuesto a su vez a publicarla.

Así pasamos los siguientes cuatro años. No de forma ininterrumpida, por supuesto, tanto Alejo como yo teníamos otras preocupaciones y actividades (en mi caso, retomar y finalizar mi novela de fantasía contemporánea Este incómodo ropaje -que acabó llamándose, sin embargo, Los sicarios del cielo, pero esa es otra historia-, que había iniciado en 1997 y que había abandonado cuando me faltaba poco para llegar a la mitad de la historia; y rematar Bifrost, una continuación de Tierra de Nadie: Jormungand que al mismo tiempo incorporaba algunas de mi mejores historias de Drímar), pero de un modo u otro, con diversas interrupciones y altos en el camino, Alejo y yo estuvimos implicados entre 1999 y 2003 en la conversión de «El sueño del Rey Rojo» en El sueño del Rey Rojo.

Alejo sugería revisiones o posibles ampliaciones de la historia y el entorno. Yo las aceptaba o las discutía. Ocasionalmente una sugerencia de Alejo me arrastraba por un camino lateral y terminaba dando con ideas que ni él ni yo habíamos pensado.

Creo que fue la primera vez que trabajé con lo que los americanos llaman «editor» y que en la jerga editorial española se conoce como «director literario» o algo parecido: una persona con la suficiente paciencia e interés por el texto para sentarse junto al autor (aunque en este caso fuera un «sentarse» metafórico gracias al correo electrónico) y trabajar con él en obtener el mejor texto posible.

Si El sueño del Rey Rojo se ha convertido en mi mejor novela de ciencia ficción, con una sensible diferencia de calidad respecto a las anteriores (y yo creo que sí que lo ha hecho) es, por supuesto, gracias al trabajo duro y a un empeño personal en que así fuera. Pero sería un ingrato si no reconociera que también Alejo ha tenido su parte de responsabilidad en el resultado final de la obra: sus sugerencias, nuestras discusiones, su empeño en no dar por terminado aún el texto, en someterlo a nuevas revisiones, su perspicacia a la hora de ver y hacerme ver dónde había contado demasiado y dónde demasiado poco, tienen mucho que ver con que El sueño del Rey Rojo sea mi mejor novela de ciencia ficción.

Lo que ya es por completo responsabilidad mía es el hecho de que posiblemente sea una de mis obras más personales, más quizá de lo que lo fueron en su día «Un jinete solitario» o El abismo te devuelve la mirada -ahora El abismo en el espejo, pero ésa es también otra historia-. Hasta este momento siempre había considerado que esos dos textos eran los que más y mejor me representaban, donde me había «codificado» a mí mismo en mayor profundidad y detalle.

Eso ya no es cierto. En El sueño del Rey Rojo hay, convenientemente disfrazado, deformado, a veces troceado, una parte muy importante de mi pasado, de mis culpas, mis errores y mis traiciones; de mis obsesiones, mis sueños, mis esperanzas, mis temores. En cierto modo (aunque supongo que esto sólo me interesa a mí) la novela es un intento de comprender mi propio pasado, aunque para ello haya tenido que deformarlo; un intento de dar con la verdad aunque para ello haya tenido que contar mentiras.

Y, curiosamente para un autor al que se ha acusado varias veces de «no ser un estilista», toda la novela es un tour de force estilístico: a lo largo de sus doscientas páginas he intentado una y otra vez tentar los límites de la narración en primera persona, forzarlos, ver hasta dónde podía llegar, jugando con las personas, los tiempos, los interlocutores. Y, anque suene inmodesto (y claro que lo va a sonar, pero no es que eso me quite el sueño), pocas veces me he sentido tan satisfecho de los resultados. Creo que El sueño del Rey Rojo es mi novela mejor escrita, con bastante diferencia. Y al mismo tiempo creo (y sí, lo digo con orgullo, qué demonios) que es una novela en la que el lector no nota lo bien escrita que está: porque el propósito de su estilo no es ni deslumbrar ni epatar ni provocar comentarios admirativos, sino el de narrar, el de contar lo ocurrido de la forma más adecuada y fluida posible.

Con lo que, una vez más, volvemos a lo personal. Porque El sueño del Rey Rojo refleja, casi a la perfección, mi concepción del estilo como herramienta, nunca como fin en sí mismo. Y como tal herramienta, creo que pocas veces la he usado con más precisión que en esta novela.

Reproducido con permiso del autor
© 2008, Rodolfo Martínez

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El adepto de la Reina (reseña)

Santiago Gª Solans

Es extraño que un autor ya “asentado” en el mercado español ―decir consagrado en el género que nos ocupa es un poco una utopía― se embarque en una aventura como la que ha emprendido Rodolfo Martínez con la edición bajo demanda de su nueva novela, para la que ha creado el sello Sportula, la ha puesto a la venta en Amazon y se ha encomendado en manos de los lectores para que su apuesta sea exitosa y, sobre todo, rentable. En el aspecto formal se echan en falta, tal vez, unas solapas que den más consistencia a la portada/contraportada, y una maquetación ―y reconozco que esto es algo muy subjetivo, cuestión de gustos― más descargada en los principios de cada capítulo ―haber empezado a media página y no desde arriba del todo―; pero, para los que recelan de este tipo de edición, decir que el libro, como mero objeto, resulta agradable de leer, está bien impreso, el papel es más que correcto y, en general, no difiere demasiado de un libro con una tirada grande de imprenta.

Y entrando ya en El adepto de la Reina en sí, decir que Rodolfo Martínez ofrece al lector una obra de difícil adscripción genérica. Para mí, se podría definir perfctamente como ciencia ficción por ciertos elementos que luego comentaré, pero es cierto que también se la podría considerar una acertada mezcla entre fantasía y, desde luego, novela es espías ―el propio autor ha reconocido que una de sus mayores influencias, entre otras muchas, al escribirla fue el James Bond de Ian Fleming, y vaya si se nota―.

El autor ha creado un mundo con dos grandes bloques antagónicos enfrentados en una larga Guerra Fría, donde el dominio de la información es uno de los elementos principales del “tablero de batalla”, y donde los espías de ambos lados realizan peligrosas misiones para robar o perpetuar los secretos de cada bando. ¿Estados Unidos y la URSS? No: Los Pueblos del Pacto y el Martillo de Dios. En este mundo hermético y secreto se mueve Yáxtor Brandan, adepto empírico al servicio de la Reina de Alboné, cuando una nueva amenaza, un tercer jugador, es introducida en el tablero y las reglas del juego cambian radicalmente. Yáxtor deberá poner todas sus habilidades, que no son pocas, en resolver el misterio que envuelve a la organización que amenaza con acabar con el futuro de ambos bloques y con el propio mundo por el camino.

¿Y dónde está la ciencia ficción aquí? se preguntarán algunos. Pues en la existencia de unos «mensajeros» que algunas personas portan en y exudan de sus cuerpos para conseguir construir con ellos casi cualquier cosa que se les ocurra, modificar sus propios rasgos, manipular a los que les rodean o crear ciertas herramientas de unas forma que casi parecería mágica, sino fuera ―y conforme avanza la narración la sensación se acentúa cuando el lector descubre su origen― porque huelen por todos lados a nanotecnología de origen desconocido. Existen otros elementos que refuerzan la teoría, pero al ser parte importante de la trama conviene que el lector los vaya descubriendo por si mismo, las pistas desde luego se encuentran ahí y una de las gracias de la narración sin duda es ir rastreándolas, obteniendo las piezas poco a poco para conformar un puzzle que solo al final mostrará la imagen completa ―aunque haya una parte del mismo que quizá permanezca bastante en las sombras―.

De esta forma cuando surge la inesperada amenaza terrorista con una bomba de Malas Noticias ―que vendría a ser el equivalente de una atómica en nuestra mundo― que podría acabar con los mensajeros y como consecuencia con la forma de vida establecida en ambos bloques, Yáxtor será enviado a descubrir quién se encuentra detrás del complot, cuales son sus objetivos y a evitarlos por cualquier medio que se precise.

Es este un mundo que, dada la dependencia de los mensajeros, que permiten obtener casi cualquier cosa que se desee, se ha desarrollado mucho en algunas cosas pero muy poco en otras, sobre todo en lo tecnológico. Así, se produce una extraña y fascinante mezcla entre elementos propiamente medievales con otros que podrían haber sido sacados de nuestro siglo XIX, pasando por otras etapas históricas intermedias hábilmente conjugadas en la narración. La desaparición de los mensajeros podría fácilmente acarrear un retorno a la barbarie, a la oscuridad de la ignorancia, y por eso es tan importante desactivar la amenaza y descubrir por el camino que son y de dónde vienen los propios mensajeros, dado que son un elemento del que dependen vitalmente ambas sociedades, pero que ninguna controla realmente.

En su calidad de adepto de la reina, Yáxtor pondrá en juego sus muy diversas habilidades y su dominio superior sobre los mensajeros, asesinando sin piedad, destruyendo a todo aquel que se interponga en su camino, acostándose con y usando a todas las mujeres que le sirvan para acercarse un poco más a su objetivo ―aunque hay que reconocer que ninguna de las relaciones son gratuitas ni fuera de lugar, todas aportan algo a la trama― y enfrentándose a una organización maligna muy en la línea de los enemigos tradicionales de Bond, James Bond. Para remarcar aún más el parecido ―o el homenaje― este particular espía se encuentra acompañado por un elenco de personajes que incluyen a sus particulares M o Moneypenny, su Q y sus artilugios y gadgets que bajo aparencias inocuas ocultan sorprendentes y normalmente mortales utilidades. Pero que nadie se engañe, Martínez consigue separarse enseguida de la obra de Fleming para ofrecer una historia plenamente original, frenética en muchas ocasiones ―casi demasiado a veces, se habría agradecido cierta introspección, profundidad y descripciones de ciertos parajes― con un trasfondo ciertamente subyugante y una historia que no da respiro al lector. Cabría señalar un cierto abuso de «deus ex machina» que permiten al autor resolver situaciones desesperadas para los protagonistas, algunos saltos sin red y algunos datos que se guarda en la manga para sorprender al lector; pero sin duda se le perdonan vista la calidad y los resultados conseguidos.

A lo largo de la misión, Yáxtor, un personaje que ha olvidado buena parte de su pasado, víctima de una especie de amnesia selectiva, tendrá que enfrentarse a unas revelaciones que le harán cuestionarse su actual existencia, forzándole a madurar de alguna manera y a cambiar su filosofía de la vida conforme una imagen recurrente de una escena que podría ser de su juventud vuelva una y otra vez a su mente para atormentarle. Es muy de agradecer esta evolución en el protagonista ―detalle que le aleja de su reflejo bondiano― que invita además al autor a seguir profundizando en él en posibles futuras continuaciones. La truculencia de las imágenes que asaltan su mente y las reticencias de sus superiores a tratar el tema o el misterio con el que lo envuelven, van preparando el camino para las impactantes revelaciones sobre lo que llevó a Yáxtor a convertirse en la perfecta máquina de matar, amoral y sin escrúpulos, sin remordimientos y casi, se podría decir, sin sentimientos. Además, otros misterios sin resolver, como la identidad del escurridizo “Número Uno”, cabeza oculta de la organización secreta que amenaza la estabilidad mundial y cuyos agentes se autodenominan “espectros”, también podrían llevar fácilmente a esa hipotética segunda parte.

Los elementos diferenciadores se multiplican pronto, desde la propia sociedad en la que se desenvuelven los personajes, una mezcla casi steampunk de antigüedad y modernidad, las posibilidades que dan los mensajeros, la existencia de unos seres llamados «carneútiles» que adaptan sus cuerpos a los deseos de su primer dueño por el que son esclavizados, para servir desde juguetes sexuales a monturas, y que parecen carecer totalmente de voluntad propia, unos portales de transporte que permiten ir de un punto a otro instantáneamente, unos intransitables «bosqueoscuros» hacia dónde la resolución del misterio parece tender y dónde confluirán buena parte de los protagonistas y de los destinos implicados en la narración… La acción pura da poco tiempo a la reflexión, y las aventuras y las revelaciones sorprendentes se suceden de forma vertiginosa, aunque la novela tiene quizá su principal “pero” en un final un tanto precipitado, dejando sin resolver detalles muy significativos (que es lo que deja al lector con ganas de que Martínez escriba una continuación) que se agradecería hubieran tenido respuesta.

Entre medio, muchos viajes, personajes francamente interesantes, mujeres fatales y despiadadas y otras frágiles que deberán hacerse fuertes ante los golpes de su vida cerca de Yáxtor, aliados que usar y enemigos que eliminar, secretos que desvelar, un pasado misterioso en el que profundizar, y una amenaza que combatir con todas las armas que se tengan a mano. El adepto de la Reina es francamente entretenido. Tal vez sea literatura de evasión, un pasapáginas frenético, un libro palomitero donde los haya, pero todo ello con una calidad más que remarcable. Con el estilo característico del autor, con una muy buena y agradable escritura, sin florituras innecesarias, pero con el necesario buen hacer literario, con una fluidez encomiable, con una historia que atrapa…, sin duda este es un libro recomendable para cualquier amante de la buena aventura, de las historias de espías con un toque diferente, de las conspiraciones y las organizaciones de supervillanos a nivel mundial. Ha llegado un antihéroe llamado Brandan, Yáxtor Brandan, y ojalá la aventura editorial de su autor sea un éxito y este particular agente secreto vuelva pronto para quedarse. Yo al menos lo estaré esperando.

Reproducido con permiso del autor.
Publicado originalmente en Lothlorien
© 2010, Santiago Gª Solans

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El sueño del Rey Rojo (reseña)

Sergio Gaut vel Hartman

El Sueño del Rey Rojo es una novela del asturiano Rodolfo Martínez, un escritor muy conocido en España que, por culpa de los azares de la distribución comercial es ignorado, hasta ahora, fuera de ese país. Este libro aparece en un momento en que los escritores que se expresan en castellano parecen haber perdido el miedo a exhibir sus puntos de vista y se animan a crear sus ficciones a partir de problemáticas y necesidades propias.

Tal vez esto sea consecuencia de que han comenzado a descubrir que los fenómenos derivados de la tecnología les ocurren y afectan como a cualquier hijo de vecino que vive en New York, Londres o Tokio. Es que si bien los del Mundo Rico nos siguen llevando ventaja (y también a los españoles, aunque quizás un poco menos) en lo que a disponibilidad y manejo de tecnología se refiere, el modo en que esa tecnología se mete en la vida diaria de cualquiera se ha globalizado y uniformado gracias a la Red, a las comunicaciones casi instantáneas y a la puesta en simultáneo de casi cualquier hecho que ocurre en el planeta Tierra y sus vecindades.

En la novela de Rodolfo Martínez, ciencia ficción con todas las letras, no se percibe la distancia que ha desalentado a nuestro público y lo ha hecho preferir la ciencia ficción anglosajona a la hispana, presumiblemente porque la de ellos, en especial cuando hablamos de ciencia ficción en sentido estricto, resulta mucho más verosímil y convincente.

No es el caso. El sueño del Rey Rojo recurre a elementos de la novela policial para hacer progresar una típica trama de ciencia ficción que gira en torno a tres personajes bien peculiares. Álex es un hacker lisiado (ha perdido las dos piernas en un accidente y se niega a utilizar prótesis por razones que se explican oportunamente y no conviene revelar aquí) que disfruta/padece su relación con Andrea, una especie de entrometida profesional (o amateur, eso no queda claro) que ha encontrado un disco con un patrón para crear una inteligencia artificial en el bolsillo de un muerto sin identidad. Tal vez se trata del mismo patrón que Álex utilizó para crear una inteligencia artificial, la de Lúrquer, el ex-amante de Andrea (ex porque está muerto; aunque no tan ex, habida cuenta de que la entidad autónoma llamada Lúrquer es el tercer lado de un triángulo).

Tampoco quedan demasiado claras las razones por las que Lúrquer se ha suicidado a poco de “nacer” a la vida virtual, pero eso pasa a segundo plano porque la exploración de las posibilidades que ofrece la Red como espacio para jugar a las manipulaciones es ilimitado. Álex tiene en mente vengarse del Lúrquer original sometiendo a la IA que ha creado y a la vez conquistar a Andrea. Pero la chica no parece interesada en permitir que su relación con Álex evolucione. Los complejos sentimientos del hacker lisiado ocupan buena parte de la trama y sirven de sistema nervioso a las acciones que movilizan a los personajes. El problema es que Álex no puede controlar como desearía a Andrea, que no sólo goza de la posibilidad de moverse, entrar y salir a su antojo de donde se le ocurre —facultad de la que Álex carece, claro—, sino que además es indomable en el plano psicológico y absolutamente temeraria.

Largos párrafos de la novela están narrados en segunda persona, un detalle poco común. Álex le habla al Lúrquer virtual utilizando ese procedimiento, y es como si los lectores fuéramos los espectadores involuntarios de una conversación privada. Eso le confiere al texto un tono muy especial que potencia los intentos de los personajes por desentrañar un misterio sumamente espinoso. Los indicios le son suministrados al lector con cuentagotas y el manipulador en las sombras, el titiritero que juega o parece jugar su juego de ajedrez del otro lado del espejo, sólo aparece sobre el final y apenas para suministrar respuestas que conducen a nuevas preguntas.

Las menciones a Alicia y Lewis Carroll son intencionadas y para nada antojadizas, en especial porque la impotencia y la parálisis signan en gran medida la acción “interior” de la novela con una lógica muy similar a la de los sueños. Y Martínez ha elegido personajes obsesivos y complejos porque son los que mejor se adecuan al viaje a zonas desconocidas y misteriosas que nos ha propuesto, tortuosas, tensas, densas.

El Sueño del Rey Rojo no es una novela perfecta. Tal vez se le podría haber recortado alguna morosidad narrativa y la reiterada aclaración de ciertos rasgos de la personalidad de Álex. Pero vuelvo al punto de partida: el mérito de haber escrito sin complejos un tema próximo al mal llamado cyberpunk, evitando a la vez caer en la trampa de la imitación o el remedo para agradar al lector, me exime de buscarle la quinta pata al gato. Sólo cabe esperar que me pueda hacer con otras novelas de Martínez, en especial las muy elogiadas La sonrisa del gato y Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos.

Reproducido con permiso del autor.
© 2006, Sergio Gaut vel Hartman

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El adepto de la Reina (reseña)

por Chemari-wan

Me gustan los libros de Rodolfo. Sus novelas de Sherlok Holmes son casi un fetiche para mí. De ahí que atacara a este Adepto de la Reina con más ganas de las normales. ¿Qué me encontré? Pues un Rodolfo Martínez que no conocía. Bueno, sí, pero estaba un poco cambiado.

Al Sr. Martínez se le reconoce por su estilo claro y divertido, adictivo; y por su personal mezcla de géneros, cocktail de la casa. Ahora toca una de Holmes y mitos lovecraftianos, ahora uno de fantasía medieval y peli de espías. Y de eso va este libro, de un misterioso agente secreto, un 007 medieval en medio de una guerra fría entre bloques y donde buscará respuestas a preguntas de su pasado y a preguntas sobre el futuro de su mundo.

Sin escrúpulos, eficiente, Yáxtor es el mejor agente al servicio de su majestad y junto a él nos adentraremos en un mundo del que Rodolfo Martínez sólo nos dejará entrever destellos de magia e historias maravillosas y enormes que dan a su nuevo mundo una solided envidiable.

Al comenzar el libro el lector se sentirá un poco perdido, aturdido por nuevos conceptos y una herencia histórica totalemente novedosa. Ese desconcierto inicial pronto se verá sustituido por unas ganas terribles de saber más sobre ese mundo tan parecido (y distinto) al nuestro. La novela es una sucesión de aventuras con toques de misterio que se sostiene sobre un mundo sólido que dan ganas de explorar, y que se articula sobre un puñado de personajes bien construidos, que en pocas páginas se nos harán entrañables. Bueno, todos menos nuestro protagonista: frío, calculador, inmisericorde… Inhumano. Os caerá bien. Imagino que es lo que tiene ser agente secreto: ser letal encaja mal con ser sociable. La historia principal es un bólido a la carrera, una bala que atraviesa una aventura tras otra hasta que termina por impactar contra una gran pregunta final. Si durante la lectura a uno ya le van entrando ganas de explorar este universo, el final sólo te deja una terrible desesperación por volver a él.

Desde aquí: Rodolfo, quiero más. Espero con ganas otro billete a este mundo que has creado. Busco respuestas para esas preguntas que has dejado sobre la mesa.

Publicado originalmente en El guardián del capítulo.
Reproducido con permiso del autor.
© 2010, Chemari-wan

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